Yo no fui

Atravesamos una situación altamente compleja. La inseguridad o nos envalentona o nos convierte en víctima.

Este ambiente lo utilizamos como pretexto para intimidar entre quienes nos sabemos iguales.

Me explico. Una señora de más de 60 años (lo asumo de esa edad porque pertenece a una casa de jubilados) en días recientes me encaró, porque según ella mi automóvil le estorbaba.

En realidad quien manejaba (un joven) era inhábil. No podía estacionarse.

En su segunda casa o sea donde están las oficinas de los jubilados tiene entrada para garaje. Por supuesto mi cacharro no impedía el paso.

Pero la dificultad para estacionarse fue motivo para que la señora me pidiera que no me estacionara allí. Así se explicó: “su frente de calle le corresponde allá”, señalando en donde vivo.

Le expliqué que la calle es de todos. Y mientras no estorbe una entrada de una casa particular no estoy cometiendo ninguna infracción.

Sin más me dijo: “Que grosero es usted”. Si con respeto, lo subrayo. Luego agregó: “Cómo se pone a pelear con una mujer” (¡¿?!)

Lo confieso, me ganó la risa y me retiré. Exacto, estimado lector, no fue ella, fui yo. Me sentí víctima.

Excesos. Sí, me sentí, no sé cómo…y hasta cierto punto humillado solo por ser masculino. Y es otra versión de la agresividad que nos ha ganado.

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