No. No cambia (mos)

Para empezar, la madurez no se alcanza con el transcurso de la edad.

Los que somos de la cuarta y quinta edad, regresamos a actitudes de niños berrinchudos o incluso de bebés debido a la indefensión corporal.

La madurez del ser humano, sin importar edad, llega a ser plena cuando esa persona toma decisiones, y no se arrepiente después.

Nos vuelven timoratos o indecisos cuando nos encajan el adjetivo de “buenas” decisiones.

Siempre me he preguntado. Cómo saber si fueron buenas o malas, sino nos dejan experimentar. O vivirlas.

Como estoy hablando de un contrato de vida o de mejor vida; se requiere de condiciones. Sí, de preceptos. No se debe dejar tomar decisiones por el simple ejercicio de “conocer”.  No, tampoco.

La única decisión aceptable es aquella que se toma previa información sobre ese tema.

Vayamos al vicio de fumar o beber alcohol o incluso el uso de drogas. El sujeto decide fumar o emborracharse o drogarse cuando conoce las consecuencias. El mayor número o todos los escenarios posibles. Por ejemplo, cáncer pulmonar, alcohólico o paranoia.

Lo mismo sucede al tomar “una buena” decisión. Que en el corto tiempo puede mutar a catastrófica, que no trágica. Si llegara a terminar de manera amarga tenemos la oportunidad de corregir.

En el fondo no cambiamos. Seguiremos siendo necios, obcecados y, eso sí, obstinados.

Si se pronostica un no cambio; ¿en dónde se encuentra esa transformación?

La respuesta se localiza en el interior de cada quien. Y logra esa innovación cuando sencillamente lo pone en práctica. Lo realiza todos los días.

Esa muda puede llegar a través de una religión o una fe. Tal vez por la cantidad de información que se hizo allegar. O tal vez por una profunda reflexión. A otros les alcanza por una experiencia vivida.

La conversión no es de palabra. No es tan complicado el asunto, simplemente se realiza. Y tampoco se presume, esto es soberbia. Nada más se efectúa. Allí está el cambio.

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