Nicaragua, Perú

David Martínez Téllez

La guerrila nicaragüense llega al poder a través de un proceso electoral. En el siguiente enfrentamiento político pierde por diversas causas. Disión interna, inexperiencia como gobierno e inocencia política.

A la vuelta, en combate electoral, retorna al poder y de aquí ya no se mueve. Han pasado más de 20 años. Y se mantiene en el poder con el mismo presidente, quien ha ahuyentado a decenas de sus compañeros guerrilleros.

Daniel Ortega, el presidente, ha hecho todo lo posible por cercar a la oposición. Reformó, por ejemplo, la Constitución de su país de tal manera que casi es imposible una participación organizada de la oposición.

Sin embargo, resultados de su gestión de gobierno han dejado mucho que desear. Tanto que la misma gente que apoyó a los sandinistas consideran que ha habido abusos del gobierno ex guerrillero.

Por su malas prácticas han dividido a la sociedad. Ya no son suficientes los impedimentos constitucionales y los adversarios han ganado terreno político. La única manera de evitar que le quiten el poder, a través de los votos, ha sido encárcelando a sus opositores.

Ese enjaulamiento le ha llevado a una condena internacional y no tiene otra salida que llevar a cabo elecciones y probablemente pierda el poder.

Nicaragua, con la ex guerrilla, pasó de clandestinidad a poder y luego a dictadura. Ahora está en riesgo.

En Perú se están acercando a otra dictadura militar.

Hubo dos contrincantes electorales. Se les ubica como marxista, y, en frente, conservadores. El resultado fue por un muy reducido margen de triunfo.

Como no hay acuerdo entre los participantes y el país se ha convulsionado, ya apareció el ejército como tercero en discordia.

El probable que una fuerza extranjera esté apoyando a los militares para arribar al poder.

Los milicos (como se les califica desde la izquierda simuladora) llegarían al poder con fuerza violenta, es decir, con las armas. Y echaría por tierra la participación electoral, que es una manera de arribar a la conducción de un país de manera pacífica.

Ojalá los militares tranquilicen sus ambiciones personales y de grupo y dejen que la sociedad dirime sus diferencias.

De no hacerlo, estaríamos regresando a épocas ya rebadas con “los triunfos” militares o las llamadas dictaduras.

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