Mi sismo, así ligeramente narcisista

Sismo

David Martínez Téllez

Los psicólogos recomiendan que en momentos o etapas de crisis exteriorices lo que te pasa, lo que sientes o vives, incluso piensas. El ejercicio como consecuencia es liberador.

Si esto así, narro lo que viví con el movimiento telúrico del 7 de septiembre de 2021.

Serían cerca de las 9 de la noche (la hora exacta 20:47). Lo recuerdo porque a esa hora acostumbro a escribir un texto para el periódico Novedades o para una página web que después subo a redes sociales.

Unas horas antes percibí otro movimiento terrenal de poca monta. Estaba recostado luego de haber terminado un envío personalizado a través de whatsApp de la revista que dirigo. En esta ocasión incursioné con una edición animada en dos versiones, además otra en PDF.

Por la noche deslizaba los dedos sobre las teclas para configurar las frases del texto. Sentí un ligero vaiven. Y en segundos una sacudida. De la ventana que da a la calle entró el aviso sonoro: ¡está temblando! En donde vivo no existe alarma sísmica.

No pude apagar el equipo de cómputo, crujió el piso, zumbaron los vidrios, apareció la estridencia en mis oídos junto al barullo vecinal. Levantose mi cuerpo, como puede recordar el consciente. Arreció el movimiento. Tronó, no sé si los vidrios de la ventana o la estructura de fierro que protege del sol o la construcción de la casa. Nació la confusión.

Decidí, no sé por qué, quedarme en el segundo nivel. Miré las escaleras de cemento, como si deseara ver que se abrieran como en las películas. Otra sacudida y su sonido estremecedor. Voltee, por instinto, hacia el lugar donde se alcanza a ver el cielo (donde cuelgo la ropa para secar) y pude ver destellos y relámpagos en el cielo sombrío. Se cortó la luz. De oscuro cambió a negro. Y percibí la disminución del movimiento. Me dirigí unas palabras sin sonido, porque a veces se emiten susurros para que escuche el Señor, “ya está pasando”. Había amainado el meneo, según mi anhelo.

Utilicé la lámpara del celular para descender. Los tobillos, en cada escalón descendente, se me quebraban. Salí a la calle. Muchos vecinos estaban en sus puertas alumbrándose con su teléfono móvil. Nos acompañó un viento suave, pero frío. Regresé a un sillón y me senté, traté de utilizar los datos para hacer llamadas o enviar mensajes o llamadas por el whatsapp. No había señal.

Apagué la lámpara del cel. Se puso azabache el ambiente. Volví a prender la luz del móvil y lo coloqué en el piso. Me acordé de las escenas alemanas en escenografías cinematográficas.

Dejé abierta la puerta que dá a la calle. Ni pensé en la inseguridad, en los asaltos a mano armada. Estaba preocupado por los parientes que viven en la ciudad de México. Recordé el año 85, ese sí devastador. Por su fuerza (8.1), muy brusco y por su duración, interminable y eterno.

Me recosté en el sillón, me dí oportunidad para observar el techo, descubrí las arrugas de cemento. No atisbé, afortunadamente, fisuras. Los murmullos entraban por la puerta y cruzaban por la sala hasta perderse en el fondo de la cocina.

Dejé pasar unos minutos. Los segundos del sismo habían hecho trizas unas copas de la cantina. Me levanté para barrer los deschechos. Habrán pasado 10 o 20 minutos. No miraba el reloj del celular. Lo que me importaba es que tuviera señal y poder comunicarme con familiares.

Sentía el zumbido de mensajes que entraban por el whatsapp, marqué pero no salían llamadas, ni mensajes tampoco por el celular pude llamar. Me entero por mensajes que lograron llegar que algunos hermanos y sobrinos escribieron “estamos bien y ustedes” Confirmación y duda. Amigos estimados preguntaban de mi existencia.

Tecleaba y no aparecían las flechitas. Se quedaba la imagen de un reloj.  No tenía señal. Esporádicamente entraban mensajes y contestaba, sin destino inmediato. Reiniciaba o apagaba el celular con la esperanza de tener señal definitiva. Tardó el restablecimiento de la comunicación virtual, digital, tecnológica o moderna como una hora. En las cintas cinematográficas nunca se pierde contacto.

Alumbró la luz eléctrica dos o tres minutos antes de que comenzaran los noticieros de los dos canales de televisión abierta. Tragedias sin las consecuencias de otros sismos.

Pude comunicarme con familiares. Todos sufrieron el susto. La ausencia de luz. Carencia de señal y en algunos lugares estuvo la lluvia.

Creo que no viví el estress, sino más bien el cansancio de un día, no solo movido, sino agitado, convulso. Dormí sin preocupaciones. Desperté a las 5 de la mañana. Leí que hubo más de 100 réplicas, historicamente, con menor intensidad.

Aquí sigo.

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