Amor, odio

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Celebramos el 14 de febrero como el día del amor y la amistad. Quienes se asumen como marxistas descalifican la celebración y la acomodan como otro acontecimiento de corte comercial, es decir, solo para generar gastos a los consumidores y ganancias a los comerciantes.

Por otro lado, si nos ubicamos como en la perspectiva política, dado el ambiente electoral que vivimos. Diría que nos estamos acercando al sentimiento odio y nos alejamos de efecto que busca este 14 de febrero: la conciliación con la paz.

La discusión, que no debate, es si un candidato va a ganar o si este va a perder.

Los ánimos en la familia se encuentran caldeados, demasiado efusivos y hasta fuera de control en defensa o imputación de su forma de hacer política. Unos piensan que es lo más maravilloso que nos pueda pasar, si gana. Y otros reflexionan que sería lo más desastroso.

Ese candidato (ni siquiera pre) lo pintan entre lo blanco y lo negro, no hay matices. Es bueno o es malo. A secas.

Esas posiciones de sobre mesa han llevado u orillado al odio de los debatientes. Y este signo me indica que este candidato no ha animado a la sociedad a un acto caviloso, sino simplemente a una oposición obtusa, cerrada.

Se siente Dios. Por un lado refleja una altísima autoestima; bueno para él. Pero de manera paralela invita a una idolatría que, revisándola en la cultura mexicana, refuerza la idiosincrasia de súbdito que se desarrolló desde la conquista española. También, excelente para él.

Para llegar a ese símil de sentirse “designado” por los dioses es la declaración que en estos días recogieron diversos medios de comunicación impresa de circulación nacional “No hago milagros, pero yo solo, acabaré con la corrupción”. ¿En serio?

Y no es que realmente sea impoluto, sino que esa visión indica que él es único ser pensante de toda una nación. Y si es así –porque los demás lo permitimos-, entonces, sería el dirigente que su pueblo desea.

Por el momento alienta más odio que amor. Sí, precisamente en estos días…

David Martínez Téllez

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