1968…, recuerdos

Tendría 11 años. Iba a culminar la instrucción básica. Mis padres carecían de recursos, desconozco la aventura preescolar, entonces privada.

Tuve como profesor a un pasante de Arquitectura de la UNAM. Ricardo Carreón. Docente, excelente. Fue mi maestro de tercero a quinto. ¡Mucha suerte! Nos animaba a leer, a entender los libros de texto gratuitos. Nos enteramos de lo que sucedía en otros países. Hablaba de catástrofes a futuro como agua, población y, planteaba áreas de oportunidad: estudiar, graduarse porque entonces, uno de cada 100 lo conquistaba.

En esos días álgidos del movimiento estudiantil nos platicó lo que sucedía. “No lo van a entender en su magnitud, pero, espero, luego lo comprendan”.

Dejó de dar clases por unos días. Activo en las manifestaciones.

Recuerdo que nos mencionó sobre un gobierno cerrado, intolerante, y, una policía igual que los soldados represivos.

En aquel grupo, turno vespertino, se presentaba un compañero, 5 años mayor, huérfano de padre. Sin interés en aprender. Pero disciplinado en asistencia. Una preocupación del profe.

Carreón le dedicaba tiempo y utilizaba diferentes métodos pedagógicos para animarlo a estudiar. No se veían resultados favorables. Esos tiempos eran permisivos para utilizar la agresión fìsica contra quien “sacara” bajas calificaciones. La letra con sangre entra, se sentenciaba.

Harto y cansado de los procedimientos “docentes”, en uno de esos correctivos el alumno topó al profe. Se le puso frente a frente con la mirada fija. Ojos contra ojos. Silencio. Todos escuchamos “ya estuvo suave de que me golpee”. Carreón sin retirarle la retina y sin gritos, le reviró: “Estás casi de mi pelo, pero no de edad, así que vamos a dirimir las diferencias en una pelea con guantes. Ahí te desquitas o te aplaco”. “Va”, fue la respuesta.

Sabíamos que nuestro compañero era hábil con las manos, buen fajador. El profe presumía de boxeador. Días después llevó protector de cabeza y guantes.

Alistamos el ring. Dibujamos el cuadrilátero con pupitres y el alumno más veterano (18 años) sirvió de referi. Ganó la técnica frente al coraje. Vapuleado el compañero el profe le dio un sentido abrazo. Al finalizar el combate Carréon le cuestionó a su bofe. ¿Qué quieres ser cuando seas más grande edad? El escolapio levantó el brazo, cerró los dedos y llevó la palma a las cejas. Enderzó la espalda, con voz sonora y enérgica, le contestó: “Quiero ser policía”. Alcancé a ver vidriosos los ojos del profe. Dubitativo, repitió “¿Quieres ser policía?” Más convencido validó: “Sí, señor”. “¿Un represor?” advirtió. Aquel reaccionó “Me gusta el uniforme”. Otro silencio. “Bueno, atisbó, si así lo deseas, está bien”. Agregó Carreón. “Sólo quiero que te lleves en la mente que seas el mejor policía”.  El compañero respondió. “Le juro que no lo olvidaré”. Y se volvieron a estrechar las manos y sellaron la amistad con otro abrazo.

Masacraron a estudiantes en el 68. Los llevaron a Tlatelolco, al matadero. Un lugar a las orillas de la urbe. Casi todo estaba controlado. Medios impresos ofrecieron testimonios de lo ocurrido. Crónicas, declaraciones, fotografías y hasta una película documental. El gobierno diluyó bajo fuego el movimiento estudiantil. Estaban en puerta los Juegos Olímpicos. México era centro de las miradas.

El 68 nos deja como legado el afilio de la democracia. El todos somos diferentes, pensamos de otra manera. El movimiento estudiantil no solo fue protesta, inconformidad, sino argumentar la subordinación, la rebeldía. Usar la inteligencia. No se limitó al ser joven y por ese hecho ser oposición. Creo que este último ha sido deshechado.

Tres años después (1971) asomó otra tragedia con la agresión a normalistas. Lo que se conoce como el “halconazo”. El gobierno reclutó a jóvenes altamente agresivos. Por supuesto sin ninguna preparación, ni siquiera primaria. Los visorearon en lugares de baja estofa, pero que demostraran habilidad con los puños.

Iba a la preparatoria, lo que se conoce nivel medio superior. Y le entré a los vicios, supongo, como muchos adolescentes. Fumar, beber y a delinquir.

Un amigo me invitó a trabajar, Oscar Flores Sánchez. De chícharo. El que barre y acerca herramientas y objetos que utilizan los floristas. Hasta la fecha no cualquiera o cualquier familia adorna o arregla con flores naturales un evento. Por supuesto que un gran evento sí, como una boda o XV años; pero adornar un salón de fiestas para cualesquier programa, no. Solo quienes tienen dinero.

En este ámbito conocí a familiares del entonces presidente José López Portillo. Eran una primas. No tan cercanas en parentesco, pero sí de la protección política y del erario.

La frivolidad de esta familia la cubría la presidencia. Hasta guaruras tenían y los pagaba gobernación.

Ibamos con cierta regularidad a ornamentar las fiestas de la familia en cuestión. E hicimos amistad con el “servicio secreto” o mejor conocidos como guaruras.

Tres de ellos (eran cuatro) fueron alistados para utilizarlos frente a los acontecimientos del 71. Cualidad: “chingones para los madrazos”. Envidia, les pagaban muy bien. Uno de ellos, con 4 o 5 años mayor en comparación con nosotros, manejaba un Mustang, motor cobra de 8 cilindros, llantas anchas cara blanca.

Se reían cuando describían los rostros de angustia de sus víctimas en el 71. En una ocasión, me demostraron su destreza y puntería con las armas. Eran, literalmente, matones.

Al realizar la comparación del antes y el presente, antiguamente los visualizaban y contrataban, ahora los rentan.

Recuerdos de un sistema dictatorial. Y que algunos desean, con ahínco o ignorancia, su retorno.

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